Instantáneas, contratapa en Rosario 12

Instantáneas

 Por Irene Ocampo

Patricia me cuenta cómo fue que su hermana le dijo que le gustaban las chicas. Yo la escucho mientras la miro, y me detengo en su boca, en sus labios, cómo se mueven cuando habla. Estoy sentada en la cama, ahora, y no la toco, espero el momento en que termine de contar, o ese recuerdo me pida a mí que la acaricie, o le busque una mano para apretarla suavemente con la mía. Pero no. Se ríe cuando me dice que Cintia estaba tan pero tan colorada, que no pudo terminar de decirle, fue ella la que le dijo: "Sí, ya sé Cinti, te gustan las mujeres", y las dos se rieron, cómplices, como nosotras ahora, llenando de repente de esos sonidos alegres la habitación de Patricia. Yo no se lo pregunté, fue ella la que se acordó, porque estábamos discutiendo. Ella decía que todo esto la tomaba de sorpresa, que ella nunca pensó en estar con una mujer. Y yo le decía que no podía ser, que haber estado cerca de su hermana, o tal vez haber escuchado alguna historia y haberse hecho alguna fantasía, algo de eso le tiene que haber quedado dando vueltas. Me acordé de todo lo que le preguntó sobre nosotras, según Cintia. Pero me dijo que lo único que hablaron con Cintia fue justamente cuando se decidió a decírselo, y eso fue antes de estar con su primera chica.

Cuando miraba a Patricia mirarme de frente, y nos besábamos en silencio, se me cruzó por un momento si le diría a su hermana, y cómo. Pero fue un ratito, apenas. Mis manos estaban muy bien ocupadas, acariciando, recorriendo esta nueva piel, enredándose en esos cabellos sueltos, hoy no tan rizados. Qué diferente es este perderse en los labios de la otra, en la suave y tierna presión, en el toque demorado que parece que fueran a despegarse, pero a los pocos segundos vuelven otra vez al beso apasionadamente húmedo. Las lenguas que se buscan, con un ritmo propio, alocado, y el juego que se me hacía parte de un recreo, dio al fin paso al preludio a otro acto en esta primera cita. Quizás son ellas, justamente, las lenguas, las que ahora van a buscar decirnos de otro modo, para que lleguemos a brillar de placer en la puntita de la lengua de la otra.

Si alguien nos vio entrar al edificio debe haber pensado que éramos dos amigotas. Charlando despreocupadas, riéndonos, y eso que yo no era la única que decía los chistes, lo juro. A lo sumo estaba contenta. Si Patricia decidía vencer sus prejuicios, y pasar a tener una relación más tranquila conmigo, yo me iba a sentir mucho mejor, y ella también, de eso me iba a ocupar yo. En esas cosas pensaba cuando la escuchaba contarme cosas de su trabajo que no le gustaban mucho. Por ejemplo, tener que mostrar casas a un solo posible comprador. Siempre se aseguraba de que alguien la llamara a mitad de la cita, para poder decir si estaba todo bien. Decía que esos cuidados nunca eran excesivos. Yo la entendía, le dije. Y en el ascensor, creo que aprovechó la tensión del momento o, ¿le salió así nomás? Y me abrazó.

Iba todo muy bien hasta que le dije que me tenía que ir. Entonces, para mi sorpresa, me invitó a su casa. Como vive muy cerca del bar al que fuimos, quiso que viera el departamento, que me dijo es muy parecido al que se alquila. Salimos del bar y caminamos tranquilas. Yo le conté que me interesaba que el lugar fuese amplio y que tuviera mucha luz, porque me pensaba dedicar a dibujar en mis ratos libres. Le parecía que daba al norte, aunque no estaba muy segura, pero que creía que me iba a gustar. Ella hacía ya dos años que vivía en este lugar, y que se sentía cómoda. En un momento me preguntó si nos habíamos visto con Cintia esos días. Le dije que no, que estaba estudiando y entrenando, quizás el fin de semana, pero no era seguro. Su pregunta no me molestó, me intrigó como todo lo que hizo hasta ese momento.

Nos habíamos encontrado cerca de su casa, me había llamado para contarme por un depto que se alquilaba a muy buen precio, y finalmente le saqué un café en un lugar que ella eligiera. Me dijo que se podía charlar tranquilas en lo René, un lugarcito chiquito a tres cuadras de su casa. Me esperaba ahí cuando yo saliera de mi trabajo. Cuando colgué no pude dejar de sonreírme, y creo que la señora que me pidió la cabina en el locutorio, yo estaba laburando cuando Patricia me llamó, pensó que me reía de ella. La verdad es que hubiese podido pensar muchas cosas, pero preferí disfrutar de su cálida voz, que me entibió la tarde. Y esto recién empezaba.

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