Seguila. Contratapa en Rosario 12



Seguila


 Por Irene Ocampo

Seguila de una. Me dicen que es una locura. Que no voy a encontrar laburo. Que la crisis es devastadora. Que tengo todo por hacer acá. Que mi familia me va a desheredar. Que mirá si después, no sé, la relación se pudre por h o por b, y yo allá, sola. ¿Y a quién sigo? O es que ¿tengo que seguir a mi corazón que se va con vos a donde sea? Camino y pienso. Es que trato de encadenar mis pensamientos como si fuesen pasos. Uno a continuación del otro. Como si caminara por la ruta que me lleva hasta la senda que termina en la puerta de tu casa. O me puedo tirar al agua. Nadando andá, me dicen. Y si me voy nadando ya no pensaría. Habría pensado antes. Tirarse a la pileta, pero con agua. Al río, al mar. En el agua los pensamientos se disuelven, se diluyen. Sólo querés llegar. Ver la orilla, un pedacito de tierra, un tronquito al cual aferrarte para descansar de tanto nado. Brazadas, patadas, respirar. Sacar la cabeza. Y mirar por el rabo del ojo el horizonte. Olvidarse de los músculos que se pueden acalambrar. O ver un barco que te lleve hasta alguna costa en la cual descansar y volver a planificar el otro tramo del recorrido.


Siempre pensando en el único objetivo: llegar hasta donde vos te fuiste. Como sea. Incluso nadando. Todo esto por amor. ¿Por tu amor? O ¿por mi amor? Tal vez encuentre a la ballena que parece me va a comer. Aprovechar esa desgracia. Navegar en la panza de una ballena sería lo ideal. Luego tendría además una nueva aventura que contarte cuando me reúna con vos. En realidad, no es algo nuevo, pero tal vez puedo hacer que pienses que es a la primera que le pasó. Un milagro. Una historia espectacular. Un hecho totalmente fantástico, maravilloso. ¿Me creerías? Cómo no creerle a alguien que se tiró al mar sólo para seguirte. Si yo fuese vos, me creería. Pero antes tendría que encontrar a la ballena. Convencerla de que me tiene que tragar. Que me tiene que llevar hasta el otro lado del océano. Pero que no me puede digerir. Porque, bueno porque no puede. Mejor dicho, no debe. Y a lo mejor, si consigo encontrarme con la ballena, contarle sobre mi amor por vos, capaz me entiende, y nos hacemos amigas. Entonces, además de llegar hasta las costas del país al que te fuiste a vivir, en la panza de una ballena, sería amiga de la ballena. ¿Quién tiene a un animal real, y a la vez tan fantásticamente irreal, de amiga? Ese hecho sólo bastaría para destacarme. Y vos no sólo me verías ahí, a tu lado, a pesar de la enorme de distancia que nos iba a separar. No. Me verías, y podrías ver a una chica que se hizo amiga de una ballena. Viajé hacia tu encuentro en la oscura caverna de la fantástica criatura. Navegué por mares furiosos cobijada en ese vientre inmenso y calentito, pensando en vos. Soñando con el momento en que nos reencontraríamos. ¿Nos abrazaríamos y lloraríamos de emoción? ¿Nos diríamos cosas tontas y dulces y amorosas? O ¿simplemente iríamos corriendo hacia la habitación en la que haríamos el amor como si hiciese meses, años que nos deseamos? Y a vos no te importaría que yo tenga ese aroma a... a alguien que se la pasó días y semanas adentro de la panza de una ballena. Aunque pensándolo un poco mejor, quizás me convenga darme un buen baño antes de estar con vos. Porque yo hice ese viaje por mi amor por vos. Y también por tu amor. Porque sé que si te sigo voy a poder seguir dándote mi amor, y voy a poder seguir mirándome en tus ojos, entibiarme el alma con tu sonrisa. Pero no es cuestión que todo eso se vaya a perder por un detalle tan importante. Tengo que estar preparada para que cuando llegue a la costa y salga de la ballena, nada me tiente o me distraiga, y pueda darme el baño ese. Un breve momento antes de reunirme en cuerpo y alma con vos. Ordenar en mi mente el relato de mi viaje, para después olvidarme de todo cuando te vea frente a mí. Sentir el mundo disolverse, mientras nos abrazamos, otra vez. Ese abrazo que ahora parece tan imposible. Mientras camino por la costanera. Pensando en mis fantásticas estrategias para no perderte. Imaginando viajes que me acerquen milagrosamente hasta el continente al que te fuiste. Cada paso que doy se parece a uno de esos saltitos que vemos dar a los astronautas sobre la superficie de la luna. El río parece que se conectara directamente con el Mediterráneo. Y yo solamente tengo que encontrar el atajo entre islas, camalotes y arroyos.

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