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Noche 3: Tafí del Valle


A la mañana fuimos hasta Amaicha del Valle en excursión. el chofer y guía, martín, nos explicó muchas cosas: el significado de unas ruinas circulares de piedra que veríamos en el camino, por ejemplo. Habló bastante antes de salir, como el coche estaba lleno de jóvenes mochileros, se escucharon varias risas al principio.
Pasamos por el Infiernillo, un punto de divisoria de aguas de cuencas del pacífico y el Río de la Plata a 3400 metros sobre el nivel de mar.

Luego de un viaje con un paisaje espectacular por los cerros llegamos a Amaicha del Valle, luego me enteré de que es una de las pocas comunidades que tienen oficialmente los habitantes originarios del valle. Ellos, los herederos de los pueblos originarios son los que mantienen una disputa con una cafayateño que tiene un museo en Amaicha, el de la Pachamama de Cruz. Esa disputa es la que no permite visitar las ruinas de los quilmes, a la salida del pueblo en la ruta hacia Cafayate.

Todas estas localidades están en los Valles Calchaquíes. Luego de comer unas ricas empanadas, volvimos a Tafí. la vuelta aunque fue por la misma ruta, tuvo otro paisaje, con los cerros entre nubes.

Apenas bajé del colectivo, emprendí la caminata hacia el otro lado del pueblo que no había visitado aún. El punto era visitar la capilla de los jesuitas, que hoy es un museo.
En parte restaurada, tiene algunas pertenencias y atuendos utilizados por los monjes, como muebles y otros objetos de la familia que adquirió el inmueble luego de que los monjes dejaran sus posesiones en las colonias de América. Los Silva Frías, parientes del que fue presidente de la Nación Nicolás Avellaneda, y también de gobernadores de Tucumán en distintas generaciones. La capilla es la construcción original de los jesuitas, del siglo XVIII, 1718 para más exactitud, con anchas paredes de adobe, puertas y ventanas originales también. Los tirantes de los techos fueron hechos con maderas traídas de otros lugares, ya que no hay quebracho en la zona, por ejemplo. El cañizo fue lo único renovado.
Para destacar, debajo del altar, que en esa época daba la espalda a los fieles, había un túnel, que permitía a los indios escaparse hacia los cerros cuando los buscaban los del ejército español.

A la salida y buscando un mirador del valle, sí otro más, decidí llegar hasta una cruz que se encuentra en una de las cumbres del cerro el Pelado, que está en el valle. No llegué a la crucecita por muy poquito, pero estuvo buena la subida hasta allí.
Ya había sacado el pasaje para Cafayate, la mañana siguiente sería otro día y otra provincia.

Noche 2: Tafí del Valle

El viaje a Tafí es un paseo en sí. Por eso Silvia me pidió un asiento sobre la ventanilla, para que lo aproveche. Y vaya si lo aproveché.
A poco de salir de la ciudad hacia el sur, para rodear los cerros, comienza a subir la ruta y pronto entramos en las yungas, la selva tropical de altura del norte de Argentina, que se exetiende por varias provincias norteñas.
No pude dejar de acordarme del paisaje muy similar que vi en Costa Rica cuando fuimos hasta el volcán Poás.
Mi compañero de asiento, un jovencito que iba a jugar al fútbol todos los fines de semana a Tafí y a ver su novia, me confesó que luego de un año de hacer ese recorrido todavía no se acostumbraba a la altura, el camino de cornisa, etc.. Por eso siempre viajaba del lado del pasillo, y trataba de dormir y no ver. Lo único que le maravillaba eran las piedras, que decía no había visto en ninguna parte como las que veía en Tucumán.

Llegué a Tafí pasado el medio día y la prioridad era conseguir alojamiento. Encontré muy rápido algo no tan barato, pero no me quedaban muchas alternativas. Todos los datos que me había dado Silvia estaban completos, por ejemplo.
Almorcé a pocas cuadras de ahí en lo de los Santiagueños. No pude resistirme a comer un trozo de cabrito asado mirando los cerros que rodean el valle. tomé una foto desde mi mesa para que vean lo que tenía enfrente mientras comía, escuchaba los distintos acentos de los turistas y viajeros de las otras mesas, y al cantante del restoran entonar baladas, y canciones folclóricas.
Por la tarde caminé por la ruta a Amaicha del Valle hasta el Cristo que hay saliendo del pueblo, unos 3 kilómetros más o menos en camino ascendente.

A la vuelta hice dedo y me dieron el aventón unos turistas italianos que iban en un auto alquilado de vuelta a San Miguel, venían de Cachi y Cafayate en Salta. Se quejaron del costo del alquiler del auto con la frase: "cuesta un ojo de la cara" pronunciada con acento por el muchacho, y arrastrando mucho la jota, sonó gracioso.
Cené en un comedor de los mismos dueños del hostal. Acompañé mi omelette con queso de cabra del valle con una cerveza artesanal muy rica tipo belga (Stella Artois, la frutada).